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Lo kafkiano de lo que no está.

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A veces uno está ahí y se sale de la vaina por contar la verdad pero alguien te dice que la verdad no existe, que los trolls manejan la verdad en las redes y que la red es la realidad y por lo tanto, no es virtual. Cada uno la pinta como le manda el jefe.
La verdad es del que la ve, más allá de cómo la interprete al final, pero no hay un testigo más locuaz que el ocular que agarrás in situ, cuando acaba de pasar la cosa y toda está fresco y uno sabe perfectamente lo que vio y el cerebro no te lo acomoda para que duela menos. Uno sabe perfectamente lo que vio si estaba mirando o sabe perfectamente lo que escuchó (aunque el oído por ahí es un sentido que te dibuja la realidad porque capta demasiados ruidos al mismo tiempo y entonces hace como una especie de dibujo sonoro de algo que no ve).
Cuando Pavón me manda a preguntar a los vecinos, yo voy y pregunto al toque.
En general los bomberos no preguntamos nada. Estamos demasiado ocupados en solucionar lo que pasa para distraer personal…

Bajo fondo

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Aunque siempre quiera hacerme ver la cosa de otra manera, no sé si porque le conviene a él o porque le agarra culpa de haber pergeñado conmigo el rollo en que estamos involucrados a espaldas de mi viejo muerto, sé que en el tablero de ajedrez de Muñoz no hago de alfil ni de torre sino de peón, la única pieza con capacidad de coronar. Algo le tenían que dar de premio al pobre peón, ya que también es la primera pieza que cae en la volteada, como la infantería. Coronar es un albur y albur es una palabra que aprendí de un tango, cuando era muy chico y se lo escuché cantar al propio Muñoz en una de esas guitarreadas que organizaba mi viejo. Así de vueltas da la vida.
A veces, a este Muñoz que tengo delante se le escapa esa culpa y dice: “el finadito me lo hubiera entendido, porque tenía unos huevos ¡unos huevos!¡Tu viejo tenía unos huevos!
Yo solamente lo miro y él entra en ese trance melancólico, casi lloroso. Yo creo que Muñoz, a su manera, estaba un poco enamorado de mi viejo porque a …

Metafísica propia

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—Siempre fuiste un chico tan difícil, Santiago.. ¡Tan difícil! Yo no sé qué hice mal para que salieras así. Siempre me pregunto ¿qué hice mal con este chico?¿en qué me equivoqué con este chico para que salga así?
Aunque sé perfectamente lo que mi vieja quiere decir con ese “salga así”, ya no le doy importancia a sus quejas.
Ella hubiera preferido que me quedara a vivir en el centro. Tanto mi tía como ella hubieran preferido que me quedara en el centro, que fuera un chetito del centro que no se moja la sombra en ningún margen, que tiene amigos chetos como él, todos muy educados y con carreras universitarias que les proponen un buen pasar económico. Tipos que no saben del hambre, que no tuvieron frío, que miran a la sociedad desde un costado aunque hayan ido a colegios católicos caros y pagos donde “se supone” que la piedad cristiana es una materia del programa.
Yo fui “a la pública” porque me empaqué y mi vieja estaba floja de riendas para controlarme y le tiró con el fardo a mi viej…

Alfajor santafesino

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Cuando me reincorporé al trabajo después de la hepatitis, abandoné el blog. Lo dejé ahí, como si hubiera sido una excusa para cautivar mi aburrimiento y que se distrajera contando las historias de mi alrededor; esas historias en que yo no estaba confinado y podían darme un plus libertario. Andar por ahí, rememorando, volviendo a vivir lo que la hepatitis no me dejaba cambiar por vivencias nuevas, a menos que me pusiera a hablar de cómo se saca jugosa una pechuga de pollo hecha a la plancha.
En el interín desde que Naiara me dijo que me hiciera el blog  en vez de seguir, yo también, el camino de cuadernitos que mojonaron la vida poética de mi viejo —así te lee la gente— , hasta que me diagnosticaron la hepatitis en el día del Campeonato Nacional de taekwon-do (a propósito pareció, aunque yo ya venía piloteando el malestar desde más de una larga semana haciendo como que no me sentía cada vez peor), escribí varias cosas, conocí algunas personas y traté de entender el funcionamiento del …

Cristales de sal

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Cuando Muñoz me llamó por teléfono yo acababa de abrir un paquete de sal gruesa y me había puesto un puñadito en la palma de la mano para salar el arroz.
Uno hace muchas cosas mecánicamente. No se fija. No tiene en cuenta los detalles pequeños, como la forma de la sal gruesa en el medio de la palma. No se detiene en esos materiales de la vida que constituyen lo diario de una construcción monumental en la que todo coexiste sin que necesite de nuestra mirada.
¿Por qué uno debería detenerse en esos fragmentos de estructura vívida que pueden ser los cristales de sal en la mano que quiere salar el arroz o el movimiento de las hojas del malvón, cuando les cae una gota de lluvia? ¿Por qué uno tendría que detenerse en el gorrión que disimuladamente espera las miguitas del pan que se desmiguen del sándwich o en el sonido que hace una hilacha de viento atravesando la hendija que deja la puerta de mala calidad contra el marco que la contiene?
No sé si las otras personas se entretienen en ese ti…

Feroz muchacho de viento

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La verdad es que yo tardé mucho en explorar los cuadernos de mi viejo. Me parecían reliquias sagradas que me costaba tocar y como cada vez que los tocaba me ponía a llorar, lo evité y lo evité y lo evité.
Cuando mi viejo estaba vivo era otra cuestión. Mateábamos juntos, antes de que me fuera a la guardia nocturna que a él tanto lo jodía que yo tomara. No quería que trabajara de noche porque decía que de noche todo es peor y usaba una expresión que me quedó grabada: “de noche, la oscuridad medra” decía, como explicación a su empecinamiento en que yo no hiciera esas guardias. Hasta se chamuyó a Pavón para que no me las diera porque sabía que era yo el que las pedía. “No sé qué carajo quiere demostrar el pendejo este”, me dijo Pavón que le dijo mi viejo, la vez que hablaron sobre mí.
Mientras mi viejo estuvo al frente del Destacamento, era otro cantar. Me mandaba él a las guardias nocturnas que él también hacía (aunque si tengo que decir la verdad, mi viejo vivía adentro del cuartel) p…

Barrio de barro

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Uno siempre se pregunta ¿será la última vez? Porque ya hubo una primera vez y después de esa primera, las cosas se ven de manera distinta, uno se empieza a acostumbrar a que el filo corta pero la herida cicatriza y uno se olvida de que el filo corta.
Dice Naiara —¡qué loca sabia mi flaca!— que la lucha es como el dolor de parto. Te olvidás cuando ves el resultado. Dice Naiara, las conquistas para la gente son hijos y hay que parirlas.
Mi viejo pensaba que solamente son dignas las cosas que se consiguen luchando y mi vieja lloraba de miedo y por eso un día nos fuimos por el fondo y terminamos en la casa de mi tía.

—...pero con todas esas contras son con las que se tiene que hacer algo, si uno es un hombre de enserio. Hay cosas que hay que hacerlas, porque alguien las tiene que hacer. Porque el miedo paraliza y los que están menos paralíticos tienen que pelear por los que están muy paralíticos.
Digo eso y Naiara me aplaude. El mate se sacude en su mano que aplaude. No parece macabra. S…

El Paraíso

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—El Paraíso…¡Qué tiene este barrio de mierda de paraíso, boludo!¿A quién se le ocurrió el nombre, boludo? Decime. Paraíso…paraíso. Nos tomaron para la joda con el nombre del barrio. El Paraíso…Hay que ser ortiba, amigo, para elegirle ese nombre.
—Podríamos considerarlo un eufemismo —digo bajito, como para mí solo y para que después no vengan y me digan que pienso en complicado y que uso palabras raras.
La Macabra tiene los ojos como si fueran de agua, un agua estancada y verdosa que se quedó atrapada en una lata que ahora está oxidada alrededor de ese charquito verde que guarda en su fondo. Lloró tanto que le quedaron oxidados los párpados. Inflados y colorados, atrapando una gota de agua que me mira como si yo tuviera alguna contestación que le estuviera birlando a ella.
No me voy a poner a disertar sobre por qué pasa lo que pasa en un barrio que ya se rebautizó solo porque de Paraíso no le quedó ni el árbol de la entrada. Un día, un camionero que se durmió o que se mandó una mala …

Omertá

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Yo ya sé lo que me va a decir Muñoz después del “sentate, junior”, con el que la mano que antes apretó la mía ahora me indica una silla en el boliche donde siempre nos juntamos “porque hay poca gente, viste pibe?”
A Muñoz le gusta estar tranquilo, ser del montón, “uno más entre la gente”, dice siempre. Si no fuera por los lentes espejados, sería uno más entre la gente como él dice, pero como le gustan los lentes espejados y las camperas de cuero, da una de esas tipologías básicas paralelas casi a las que salían antes en los antiguos libros de Criminología.
Fue compañero de promoción de mi viejo y se respetaban y se querían. Estudiaban juntos para ascender e iban a rendir juntos, aunque siguieran caminos separados “por cuestión de personalidad, viste pibe?” sabe decir, en esas reuniones que tenemos.
—¿En qué quedamos vos y yo, Santucho junior?
Yo no hablo porque espero que empiece con el sermón y él usa el junior porque sabe que me jode que me diga así aunque hace mucho que dejé d…