El Paraíso

—El Paraíso…¡Qué tiene este barrio de mierda de paraíso, boludo!¿A quién se le ocurrió el nombre, boludo? Decime. Paraíso…paraíso. Nos tomaron para la joda con el nombre del barrio. El Paraíso…Hay que ser ortiba, amigo, para elegirle ese nombre.

—Podríamos considerarlo un eufemismo —digo bajito, como para mí solo y para que después no vengan y me digan que pienso en complicado y que uso palabras raras.

La Macabra tiene los ojos como si fueran de agua, un agua estancada y verdosa que se quedó atrapada en una lata que ahora está oxidada alrededor de ese charquito verde que guarda en su fondo.
Lloró tanto que le quedaron oxidados los párpados. Inflados y colorados, atrapando una gota de agua que me mira como si yo tuviera alguna contestación que le estuviera birlando a ella.

No me voy a poner a disertar sobre por qué pasa lo que pasa en un barrio que ya se rebautizó solo porque de Paraíso no le quedó ni el árbol de la entrada. Un día, un camionero que se durmió o que se mandó una mala maniobra para no comerse un bache —de los tantos que hay—, se estroló contra el árbol y la Muni decidió que mejor lo cortaban porque era peligroso y que después iban a traer otro que nunca trajeron y que nadie fue a reclamar tampoco.

Mi viejo decía que era una premonición porque el árbol era un árbol joven que murió temprano, casi como la mayoría de los pibes del barrio mueren ahora. Mueren de muchas maneras pero todos muy chicos.

—Entre que a las armas las carga el Diablo y la merca te quema el cerebro, hay más velatorios que nacimientos por acá —dice el Chino, bajito, como para no molestarle el llanto a La Macabra.
A veces creo que el Chinito me lee los malos pensamientos.

Estamos acostumbrados a los tiros. Prácticamente nos criamos en una calle de película de vaqueros, donde se tirotean todos con todos. Ahora también los buenos tirotean antes de que los tiroteen. No quiero pensar que no quede nadie bueno.

Por poca plata conseguís un fierro porque por acá el comercio es muy próspero y como la trama de amistades es compleja, siempre hay algún amigo de un amigo o pariente de un pariente que te hace el favor de surtirte de herramientas o ayudarte a truchar el legítimo usuario.

—Che, Nai…andate a tu casa. Van a pensar que los estás gozando, Macabra. Sos Babaya. De verdad, andate a tu lado del barrio, hija.

El Correntino Leiva llegó en pantuflas y envuelto en una especie de salida de baño animal print que lo transforma en un ser gordo, petiso, oscurecido, que usa anteojos. Tiene ese gesto jodido que le conocemos todos cuando se le vuela la peluca. Parece un bulldog enojado, disfrazado de leopardo.
Mientras le dice eso, le hace un gesto a Naiara de que se apure. Conoce el pulso del barrio como lo conocía mi viejo. Sabe oler al barrio.

Alrededor todo está encharcado.

Pavón me mandó contener a los curiosos y sacarlos de la escena, mientras él aprovecha para pelearse con Agresti en un costado, haciéndole reclamos que desde donde estoy no se oyen pero que me puedo imaginar.

Por acá no solamente los ajustes se hacen a los tiros. Está de última moda prender fuego a las casas si con llenarles el frente de corchazos no alcanza como aviso, así que cada dos por tres tenemos una “ola de incendios” entre los autos y las casas de las bandas rivales y varios heridos de bala y de arma blanca.

Nos acostumbramos a vivir así, por lo menos nosotros, los que apagamos los restos quemados como una rutina parecida a eso de “tu lado del barrio” que acaba de decir el Correntino Leiva, como si no fuera todo el mismo barrio. Tu lado no es este lado, le dice también, parados los dos delante de la barrera humana que hacemos un agente flaquito con cara de circunstancia y yo, que miro a La Macabra.

—Dale, decile a tu novia que se vuelva a su lado —me insiste a mí el Correntino Leiva.

El agente me mira. Gira un poco los ojos y me mira. Debe ser nuevo y ese barrio que se le viene encima le va quitando el ánimo que el uniforme le debe haber insuflado cuando Agresti lo mandó ahí.

—Santucho y yo no somos novios, Leiva… ¿Qué batís? Somos amigos.

Naiara ya encontró con quién pelear, mientras sigue llegando barrio a la barrera y los ánimos se empiezan a poner tan calientes como las paredes calcinadas de la casa del relojero.

—Si, no batás fruta, Corrientes —protesto yo— Igual andá a tu casa, Naiara. Se está poniendo heavy. Acompañala Chino, aunque sea hasta el terraplén, antes de que empiece la momiada.

Pavón y Agresti siguen discutiendo allá lejos, entre la sombra y el agua, como dos figuras turbias de un hollín que vuela sobre todos.

Los vecinos le gritan toda clase de barbaridades a Agresti que es un experto en ignorarlos. Le interesa más convencer a Pavón de que termine de apagar y nos vayamos y que el informe sea tranquilo porque no hay que sobrealarmar a la población. Ese es siempre su argumento cuando pasan estas cosas.

Para este también sirve eso de que la inseguridad es una sensación. Hasta los incendios que apagamos nosotros en este barrio en llamas son una sensación para Agresti, aunque no se da cuenta de que la sensación que debe atender es que la cosa está que arde.

El Chino agarra a La Macabra y se la quiere llevar por un costadito pero Naiara se emperra en pelearse con el Correntino y dos o tres vecinos que están cerca de él. Les grita que ella trabaja en la Coope, que labura de este lado del barrio, que labura con sus hijos, que quiere que los chabones se rescaten, que les enseña taekwon-do a las mujeres para que se puedan defender.
 
—¡Yo soy de acá. Yo soy de acá!

Llora por fin después de tanto grito. Llora, como si fuera frágil.

—Deciles que yo soy de acá, Santu —me dice a mí.

Entre el Chino y Pakito se la llevan.

La gente vuelve a insultar a Agresti.

El novato parado al lado mío tiene gesto de que ya está cagado en las patas. Me pregunta si siempre es así.

—Así empiezan las puebladas —lo asusto yo y me acuerdo de mí a esa edad de recién egresado— ¿Te gusta El Paraíso? Es tan heavy que es entretenido. Ya te vas a acostumbrar —lo jodo.




Glosario:

Ortiba: es batidor al revés o sea, alcahuete, pero también se usa para gente que arruina las cosas, que es poco empática.

Estroló: chocó.

Fierro: arma de fuego.

Truchar: falsificar.

Vuela la peluca: se usa de varias maneras. Cuando algo causa un alto impacto. Cuando algo que se repite causa hartazgo. Estado de ansiedad.

Corchazo: balazo.

Batir: alcahuetear. En otro contexto: decir una cosa por otra (batir fruta).




Comentarios

  1. Con el correr de los capítulos, uno va notando que los personajes ya están armados en el pensamiento. No sé muy bien qué hace cada uno, pero el Chinito, Pavón, el Damedós ya son como familiares.
    Entonces, estos comienzos "en el medio de las cosas" se tornan más comprensibles, porque ya sabemos de qué va la cosa.
    Y la escritura, como siempre, es directa, emocional, va de núcleo en núcleo sin mucha pausa. Pero no por eso deja de ser comprensible.
    Un gran logro, Simón.
    Te mando un abrazo

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    1. Hola Fer!! Saber que me das el visto bueno me pone bien, amigo. El otro ya lo corregí. Le dí varias vueltitas hasta que me pareció que quedaba mejor explicado. Espero haberlo conseguido.
      Los personajes son siempre los mismos. El Chinito es uno de los amigos de Santiago. Quizás el mejor amigo. Tiene un taller de bicis en la Coope para que los pibes aprendan el oficio o sea, es bicicletero. Pavón es el Jefe del Destacamento de Bomberos donde está consignado Santigo y también fue amigo del padre de Santiago, cuando vivía (los dos bomberos).
      El Correntino es el presidente de la Coope y vecino fundador del barrio, junto con el padre de Santiago y el padre de Naiara (La Macabra).
      Los otros son amigos de Santiago que trabajan en la Coope y viven en el barrio: el Damedós, Pakito, todos de la misma barra.
      Un abrazo grande, amigo. Que tengas un excelente día!!

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  2. Como siempre, muy bueno, me pareció excelente la descripción de los ojos de Naiara. Y como dice Fer, ya estamos conociendo a todos los personajes y viendo sus particularidades.
    Vos nos contás lo que vemos en las noticias por la tele, lo que ocurre también en unos cuantos barrios de Baires y lo contás desde las tripas, desde el sufrimiento de quien lo vive.
    Para variar, unas pequeñas correcciones: Pavón me mandó a contener a los curiosos... va mejor: Pavón me mandó contener a los curiosos...
    También: Los vecinos le gritan de toda clase de barbaridades... sacale el primer de: Los vecinos le gritan toda clase de barbaridades...

    Gran abrazo, Simón y cuidate mucho.

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    1. Hola amiga!! Voy corriendo a arreglar todo eso. Jajajaja. Es que me dejo llevar por la forma de hablar y después no me doy cuenta. Mal ahí yo.
      Creo que lo que cuento pasa en todas las grandes ciudades. También depende mucho de la zona. Acá hay zonas que se sanearon, se hicieron muchas obras y como que ya no está todo precarizado. A veces poniendo las columnas de alumbrado público la cosa cambia para bien. Pero donde yo vivo lo dejaron para lo último y se apestó mal. La necesidad tiene cara de hereje.
      Ojalá que te estés sintiendo mejor, amiga!!
      Un abrazo grande!!

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  3. Anda qué broma (joda), llamarle al barrio El Paraíso! Jeje
    Simón, cuando tus personajes hablan, parece que los escucho hacerlo en voz alta, y eso que no soy argentina. Los haces creíbles y reales, y se distinguen con claridad las diversas voces que intervienen y la personalidad de cada uno de ellos, por ej: la tuya propia cuando solo piensas la palabra “eufemismo” para que el otro no piense que la usas para darte importancia. Extraordinaria la descripción de los ojos tristes de La Macabra con el charquito verde guardado al fondo, así como la comparación de la muerte del árbol joven con los muchachos que se echan a perder en el barrio, algunos mueren.
    Un barrio durísimo de difícil supervivencia, o das, o te dan, que no queda otra que hacerse duro, ni se como conseguiste Simón laburar de bombero y no un bandido.
    Estupenda idea la del gosario final.

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    1. Hola Tara!! Terminé bombero porque mi viejo era bombero. Siguiéndole los pasos. Él no quería (por ahí lo conté) pero yo me empeciné y me salí con la mía.
      El barrio siempre fue difícil, pero cuando éramos chicos no estaba tan heavy. Se empezó a poner así, tan pesado, de unos años a esta parte, porque se instalaron las drogas y cuando las autoridades se acordaron, ya era tarde para hacer prevención y no estaban preparados para hacer erradicación.
      Ahora va mejorando despacio. No para tirar manteca al techo, pero se van tomando medidas que se reclamaron durante muchos años.
      Gracias por visitarme, amiga!!
      Un abrazo grande.

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